viernes, octubre 16, 2009

Cómica atrapada en el cuerpo de una melodramática

Tener muchísimo que trabajar sentada en mi computador no falla para inspirarme a escribir absolutamente cualquier cosa que no sea aquello que tengo que escribir. Últimamente había estado demasiado ocupada en (mal)vivir la vida y no había tratado de trabajar infructuosamente, por lo que dejé de escribir. Otra de las razones por las que dejé de escribir (esta es una razón a posteriori, que invento ahora), es porque lo que yo quiero, quizás lo que he querido siempre, es ser graciosa, pero cuando escribo me sale la telenovela venezolana o, en el mejor de los casos, la comedia romántica. No, eso no es lo que yo quiero, aburriiiiidoooo.

El problema es sobretodo escritural, porque cuando hablo puedo llegar a ser graciosa, aunque un poco hermética. En ocasiones incluso me tiro tallas internas que me dan mucha risa, pero son tan internas que ni siquiera puedo empezar a explicarle a la gente de qué me río. A la hora de escribir, sin embargo, la gracia no alcanza mis dedos, se produce un cortocircuito, una dislocación entre las estupideces que mi cerebro logra elucubrar y mi capacidad de poner eso por escrito. En cambio si de lloriqueos se trata, mis dedos fluyen ágiles como si el sentido de su existencia fuera culiarle la oreja (esa expresión, que me pareció notable, es de una película de Ben Stiller) , o en este caso la vista, a cualquier incauto que tenga demasiado tiempo libre y le gusten las canciones románticas de los 60. Si yo pudiera crear textos graciosos, ojalá muy graciosos, de esos que te hacen reír a carcajadas aún cuando sabes que tu jefe puede escucharte perfectamente bien desde su oficina, de esos que te dejan con ganas de salir a la calle o ir a bailar, entonces me dedicaría a ello y dejaría todas mis demás vocaciones inútiles y no tan bien pagadas.

No logro hacer eso que pretendo quizás porque me tomo muy en serio. Incluso este texto, que debería ser acerca de la risa, y que, por lo menos por proximidad, debería dejar al lector con un temple de ánimo positivo, no es gracioso. Por qué, se preguntarán. Bueno, no, no se preguntan nada porque no hay nadie leyendo esto, y si lo hubiera estaría recorriendo las letras semiconciente, muy lejos de estar lo suficientemente interesado como para más encima hacerse preguntas. Pero yo me pregunto. Decía que en vez de maximizar lo ridículo de las cosas que me pasan, en vez de denunciar el absurdo de, por ejemplo, ser excluida de un carrete por una supuesta cuestión que pasó hace tantos años, porque a alguien se le ocurre estar loca y rodearse de gente que se la banca y a mí en cambio se me ocurre dármelas de comprensiva cuando igual termino furiosa chateando a horas insólitas y bajo los efectos de drogas que hacen tambalear mi ya frágil sentido de la moral y las buenas costumbres. Esa frase no tiene ningún sentido. Retomo. En vez de rescatar el bello ridículo que nos rodea constantemente, me dedico a desmenuzar mi fallas, contradicciones, frustraciones, y una cantidad más de ciones que son otra prueba de mi punto.

Podría seguir enumerando características personales que se interponen entre yo y mi verdadera vocación e identidad, pero no es para nada la idea. En cambio, haré un compromiso con mi lector imaginario. Prometo que si se me ocurre algo gracioso, lo escribo. Como una operación trans-género.

lunes, enero 05, 2009

De nuevo el año nuevo

Foto: m_ramos.



Se acabó por fin. El 2008 ha quedado definitivamente atrás, el primer lunes 2009 ya está aquí y todo eso de qué hiciste para la navidad, qué te regalaron, cómo lo pasaste para el año nuevo, y las reflexiones más privadas de qué gané, qué perdí y qué aprendí quedaron en la borrosa nebulosa del 1° de Enero. Yo he evitado hacer balances, baste decir que para mí el 2008 fue dos años en uno, como en una noche de casino, gané todo y perdí todo sin darme mucha cuenta cómo. Por fin se acabó lo que se tenía que acabar y lo que no se tenía que acabar se acabó también, como suele suceder.

El otro día una amiga me dijo, a propósito de mi escepticismo respecto a poder establecer relaciones saludables con las personas, que sí se podía, pero había que conocerse muy bien. Conócete a ti mismo, como la inscripción en el templo de Delfos. Me quedé pensando en eso junto a mi despreciativa actitud hacia los balances, lo que me llevó a preguntarme qué era lo que no quería saber, cuáles eran las preguntas que no quería hacerme, cuáles eran los rincones oscuros de los que no estaba dispuesta a hacerme cargo. No tuve ninguna revelación maravillosa, a penas me di cuenta de que muchas de las cosas que habían dejado de ser hace muchos años nuevos, seguían ahí de alguna manera, ya ni siquiera como nostalgia, si no como una insensata porfía por producir algo en aquellos que alguna vez fueron importantes. Me reencontré con gente con la que era del todo innecesario reencontrarme, volví a lugares e hice cosas que alguna vez fueron buenas sólo para decepcionarme de los resultados actuales. Por otro lado me di cuenta de que las maneras que usualmente se me antojan precarias de enfrentarme a las cosas difíciles, en realidad son bastante efectivas. Logro sacarme a flote aunque me cueste años incluso, para volver a hacer las cosas de manera menos dañina para mí y para los demás. Me di cuenta también que lo máximo a lo que uno puede aspirar es a simular ser una persona normal.

Una vez más, a un paso de la salida, no tengo muy claro adónde voy, a penas una vaga noción de dirección que podría convertirse en algo completamente distinto, como siempre. Pensando en qué será de mí de aquí en adelante, a pesar de que no tengo idea, sé que lo más probable es que me divierta donde quiera que termine, porque suelo divertirme dondequiera que esté.

martes, diciembre 30, 2008

Inexistencia

Cada tanto es bueno acordarse de que uno despareció

jueves, noviembre 20, 2008

No hace falta que me digas

Foto: camil tulcan.


De vez en cuando, una canción me ronda. No necesariamente una que sea particularmente buena, o que me guste mucho, sino esas con frases que calzan demasiado perfectamente en el silencio que dejan las palabras que no digo. Como una vez fue "yo no buscaba nada y te vi", que apareció aún antes de que viera y fue la premonición o, más probablemente, el deseo de que ocurriera algo como lo que ocurrió. Luego apareció "hoy viene a ser como la cuarta vez que espero, desde que sé que no vendrás más nunca", que tiene que ver con eso y también con cuándo y cómo lo escuché. Hoy es "no hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo", porque estoy absolutamente convencida de que no hace falta, no sólo yo, sino que también mis dedos, tanto que no se dignan a escribir siquiera las palabras que querría decirte. He ahí la cuestión, que desapareces cada vez más y yo quisiera detenerte, llamarte acá y decirte que quiero tener algo contigo, que vuelvas o al menos prometas que volverás. Que me escuches decir eso y me digas fíjate que yo también, no me había dado cuenta. Pero no, no hace falta. Te quedas en tu lado del mundo todo lo sordo que puedes y yo quiero gritarte para que me oigas aunque no quieras, pero sé que es inútil, que no hace falta.

Acá me aboco al plan prestablecido. Se han institucionalizado las prácticas en torno a este momento, hay un procedimiento. Tomo el manual y sigo las instrucciones, paso por paso. Me pongo a merced de los imprevistos para bien o para mal. En ocasiones funciona, cada cierto tiempo hay días brillantes y noches perfectas. Aún así, otras noches me quedo con tantas ganas de que la historia sea distinta.

El otro día un amigo me contó una historia, me dijo que cuando se abrió la caja de Pandora, escaparon de ella todos los males. La caja alcanzó a cerrarse justo antes de que escapara la esperanza, que no queda claro si es un bien o un mal.

Yo sé, entiendo, me doy cuenta. Veo las condiciones objetivas, las palabras (no) dichas. Sucede, sin embargo, que me invade un sentimiento que no me gusta mostrarme ni a mí misma, al punto que lo negaría si me preguntaran. El sentimiento que me acosa es la esperanza, una fe estúpida en que una nunca sabe lo que puede pasar, cuando lo cierto es que una casi siempre sabe lo que puede pasar. El problema es que aquello del deseo, de querer algo, es una trampa y eventualmente incluso una prisión. Queremos algo que no tenemos y nos quedamos congelados en el movimiento de ir hacia ese lugar. Pero ese lugar no existe, no está más que en nuestras fantasías de redención, en nuestra esperanza.

Si yo me resignara a la cualidad fantástica del deseo, no tendría que decir nada, podría quedarme callada aquí en mi rincón del mundo, murmurando hechizos que no alcanzan. En cambio, no me resigno, me queda aquello de la esperanza, que es la forma más real que puede adquirir la irrealidad. En este punto, algo que debe ser la mezcla infame de la esperanza con la resignación, formulan una pregunta. Una pregunta es también un deseo, un deseo de respuesta, y esa respuesta que quiero es justamente lo que me ata. Esa pregunta que no me atrevo a formular siquiera porque es la expresión del sometimiento de mi deseo, que en este caso es tu respuesta. Yo quiero saber. Quizás es incluso peor que eso, porque lo que deseo no es una respuesta cualquiera, sino una específica, quiero preguntar y que me digas, primero que nada, pero después de eso además quiero que me contestes una cuestión en particular. Quiero que me digas que vale la pena para yo acabar de creer que vale la pena y entregarme a la esperanza. Entregarme a esperar una vida que es una promesa aunque no prometa nada, que es la promesa de cualquier cosa que mi imaginación sea capaz de dibujar. Pero no, no hace falta la pregunta porque conozco la respuesta, aunque no me guste.

lunes, octubre 27, 2008

De la utilidad de las palabras

Foto: www.obstinato.com.ar.



Hoy no sé por qué me dediqué a mirar mi contador de visitas después de muchísimo tiempo. Espié la trayectoria de mis visitantes, a ver con qué de esto se habían encontrado, lo cual me llevó a leerme desde lejos. Durante el 2007 escribí 62 posts, este año, ya en el décimo mes, llevo sólo 9. No sé por qué paré, sé que muchas veces quise y no fui capaz de tomar la decisión, fue algo que sucedió nada más, como la mayoría de las cosas. De hecho, releyéndome me di cuenta de que han habido tantas cuestiones tan terriblemente importantes, obsesiones, compulsiones desesperantes que se acabaron de pronto y yo ni siquiera tengo registro de eso.

Hoy conversaba con un amigo acerca de escribir, yo le contaba que ya no tenía tiempo de hacerlo. Él me decía que él escribía justamente para descansar. Yo sé que no tener tiempo es la excusa más barata del mundo, y cuando él me dijo eso me di cuenta de que me he contado esa mentira tantas veces, que he terminado por creérmela.

Anoche, por otro parte, me acordé de alguien a quien una vez le pedí que habláramos y me preguntó para qué. Yo nunca me había enfrentado a esa pregunta, yo hablo no más, nunca necesité una razón. Me quedó dando vueltas semejante pregunta, que en dicha ocasión me dejó tan desconcertada que tuve que quedarme callada. Cada cierto tiempo elaboro un diálogo mental donde le respondo por qué hay que hablar sin siquiera preguntarse para qué, pero mi respuesta nunca es suficientemente satisfactoria.

Anoche pensaba que hay que hablar para contar(se) las cosas, para que aparezcan en el mundo, para que haya efectivamente una historia que nos respalde, nos justifique y nos vuelva comprensibles. Me he dado cuenta, por ejemplo, que mis escasísimos secretos no son aquellas cosas que no quisiera ventilar, sino aquellas que desearía que no hubieran ocurrido, que van en contra de lo que quiero y pretendo ser. Por otro lado, con el tiempo he aprendido a quedarme callada, a no decir ciertas cosas, a dejar que sucedan en un registro subvocal, algo que está más en la piel y los gestos que en las palabras. Aún así, debo confesar que me cuesta hacer eso, me resulta difícil entender lo que sucede sin hablar de ello, me pierdo en mis propios delirios sin tener la posibilidad de contrastarlos con la realidad. He aprendido que se pueden escuchar cosas más allá de las palabras, que si respiro muy profundo y dejo de tratar de atrapar algo, aparecen sensaciones o intuiciones, que son tan sólidas como las declaraciones, pero a la vez efímeras, no se quedan conmigo, no puedo recurrir a ellas cuando me pierdo. Una de las gracias de escribir cuestiones como esta es que puedo recurrir a ellas, puedo ir a tomarlas, rescatarlas de un pasado difuso y utilizarlas como referencia para ahora. Leyéndome encontré una entrada que decía:

El amor es una fascinación particular en un momento particular en un lugar particular, no es un absoluto en ningún caso. Yo todo esto lo sé, y aún así me parece que hay una distancia importante entre lo que me pasa y lo que creo. A veces veo a un hombre, lo taso, y me parece que debería estar con él. Otras veces siento que hay una fuerza universal que me arroja de cabeza a un hombre que nada tiene que ver conmigo, con mi historia, con lo que quiero, y sin embargo la intensidad de la sensación es suficiente para pasarme todo eso por alto.
Anoche estuve enumerándome razones que justificaran lo inconveniente e inútil de la situación en que me encuentro, tratando de convencerme a mí misma de irme a otro lado, pero al leer esto me doy cuenta de que ese no es el punto. Que la fuerza universal y las buenas razones son cuestiones que no tienen por qué andar juntas, y que aunque coincidan, pueden haber otras cosas que vuelven a arrojarme al sinsentido.

domingo, octubre 05, 2008

Volver

Foto: Tobyloc (again).


Se me había olvidado cómo funcionaba esto de la nostalgia, esto de querer y querer y querer y no conseguir nada, esto de soñar sueños que son preciosos y terribles a la vez, esta inquietud permanente, la piedrita en el zapato. Yo no sé, nunca supe lo que hacía, y ahora menos. Las cosas, el mundo, pareciera fragmentarse, pedacitos de cosas, ir de allá para acá, hacer muchas cosas, no hacer nada, como trozos de algo que no alcanza a juntarse, que no logra transformarse en una sola cosa. Acá suelo preguntarme si todo esto no es más que una excusa para desviarme la atención, una especie de sacada de vuelta metafísica, pero la verdad es que me parece más bien lo contrario. Lamento decirlo, pero me parece que el pegamento es (era) eso que ya no está, porque cómo más explicar que sea justo ahora que pareciera despegarse todo.

Encima de todo está el silencio, esta economía de palabras, motivado por la intuición de que aún queda algo, una leve estructura, como una tela de araña, tan infinitamente frágil, casi inexistente, imaginaria, que una sola palabra dicha demasiado cerca podría romperla. El problema está en que no sé si es sólo imaginaria, si estoy tratando desesperadamente de proteger algo que ya no está ahí. Ante eso quisiera preguntar si hay, pero la sola pregunta contravendría el silencio y la respuesta tendría que ser no, por la circunstancia que ha sido inaugurada por la pregunta. Entonces me quedo callada y hago como si nada, que es lo que me funcionó hasta el momento. Me como mis sueños-pesadilla y no pongo nada polémico en mi nick de messenger ni en ninguna otra parte. Escondo las pistas, digo cosas asépticas, inocuas, cómo estás, cómo te ha ido, cuéntame de ti, que en realidad significa pídeme algo, desea algo de mí.

Sé que tengo que quedarme quieta y esperar, que fue algo que dije que no haría, así es que más encima tengo que disimular que espero, poner cara de estar parada en una esquina porque es lo que quiero hacer y no porque no me queda otra. Tengo que tener una vida que no me interesa en lo absoluto, abrir los ojos cuando suena el despertador y ya no darme vuelta, sólo luchar con los sueños esos, con las sábanas, con lo enredada que me deja el vacío. Quedarme en casa porque tengo que trabajar cuando en realidad me quedo porque no existe el lugar en el que quiero estar. No quejarme, o al menos quejarme para adentro, sonriente en todo momento. Responder muy bien cuando me preguntan cómo estás, convencerme de que no hay sufrimiento porque no hay nada por lo que sufrir. Mientras tanto tener una fe ciega en febrero, como si no faltaran 4 meses aún, como si el mundo no pudiera dar cientos de vueltas en el intertanto, como si supiera lo que voy a encontrar entonces.

No sé si esto tendrá que mejorar o empeorar, no sé si vale la pena o es una enorme pérdida de tiempo. Me inclino por lo segundo, pero no sé cómo hacer otra cosa.

lunes, agosto 11, 2008

De ida

Foto: l_ul_i.


Los días contados se han desgranado hasta desaparecer casi, ya no sé si se cuenta o se descuenta o se recuenta. Esta era la parte de los discursos, pero las palabras se han agotado también, de tanto correr sin saber adónde ir. En 5 meses me olvidé de escribir, de rimar, de hablar. ¿Cuánto falta para que llegue Septiembre? ¿Qué recordaré de todo lo que había olvidado antes de que vuelva el sol? ¿De qué me acordaré después? ¿Cuánto dura el después? Cuando la historia es siempre igual y sin embargo me veo incapaz de estar preparada, me dan ganas de creer en ciertas cosas en que no creo, porque lo que creo no me alcanza para evitar nada. No me alcanzó abrirme, ni cerrarme. No me alcanza decir, ni quedarme calallada, decir que no te esperaré niún día, ni que te esperaré toda la vida. Esa vida que ha comenzado y se ha terminado tantas veces que ya nadie se la toma en serio. Si las puertas que abro se cierran y las puertas que cierro se abren, no veo para qué tomarme la molestia. En este punto quisiera prometerme algo, pero hace años que no me creo. Tu dulzura impertérrita no me deja, así es que tendré que sudarte de a gotas lentas, a ver si el deseo de salir incólume esta vez alcanza para algo. Hoy quisiera volver al comienzo, antes del comienzo, a la prehistoria y retomar desde ahí, pero quizás la historia comienza justamente en la prehistoria, y aun con la maquinita adecuada sería incapaz de determinar adónde es que tengo que volver.

lunes, julio 14, 2008

Nos vemos (not)

Foto: Rufus Gefangenen.


"window, let day in, and let life out"
Shakespeare

En cuanto el despertador suena nos damos media vuelta para encontrarnos al medio y soñamos que decimos cinco minutos más. En realidad no decimos ni pensamos nada, el cuerpo reacciona solo, como si esa no fuera la señal para levantarse sino para dormir y abrazarse con furia, robándole minutos al día, sabiendo que la noche ha terminado irremediablemente.

Todo esto se trata de la conciencia de fragilidad, de darme cuenta que estoy a merced, no tan solo de los elementos, sino de las personas, de la historia y de mí misma, que tiene más que ver con todo lo otro que conmigo. Hago el ejercicio de prescindir y me encuentro incapaz, no tanto porque no pueda (que quizás no puedo), sino simplemente porque no quiero. Tampoco quiero ser incapaz de prescindir. No quiero ser incapaz de restarme de la dependencia y de la necesidad. No quiero haber tenido la sensación que tuve de que tendrías que escuchar esto. No quiero que ocupes lugares imaginarios. No quiero tener que pedir nada, ni decir este lugar era mejor con que sin.

Sé que el realismo no es pesimismo, que no hayas escuchado nada de lo que traté de decir o dar entender significa justamente que no quisiste entender nada más de lo estrictamente necesario. El problema (o quizás el pre-problema) es que yo habría querido que (hoy) pudieras estar, en vez de tener que aceptar o rebelarte. Quisiera que hubieras tenido ganas de inventar un historia, más que una anécdota.

Ha sonado el despertador y no hay vuelta, sólo me queda confiar en que haya ida. Somos incapaces de decir cosas porque el mundo que se sustenta en esas palabras es imposible. También puede que el silencio sea solamente la ausencia de cosas para decir, la nada circundando nuestra vida. Al final, me queda esta enorme e implacable hoja en blanco. Me queda decir que yo soy esa que nadie encuentra, y omitir tus referencias.

lunes, mayo 05, 2008

El juego

Foto: Gulliver.


EL JUEGO EN QUE ANDAMOS

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Juan Gelman


Fuera del alcance de mis palabras, arqueas la espalda para que no te toque con mis preguntas abiertas y quizás tienes miedo o apenas eres cauto, astuto, razonable. Yo soy quizás apenas cauta o razonable (jamás astuta). No podría decirte nada porque no sé nada y en no saber se define la posibilidad de todo. No voy a ninguna parte porque este lugar me gusta tanto y porque no sé a qué podría aspirar o por qué tendría que hacerlo.

Si tuviera que elegir una sonrisa para darte, sería justamente esta. Sólo así podría ser la felicidad, sin necesitar algo que no está. Justamente por eso todo esto es sospechoso. Por qué querría ir a otro lugar justo cuando he encontrado este en que se está tan bien. Me resguardo en mis días míos, pero cada vez más quiero invitarte a ellos. Hablo la mayor parte del tiempo y casi siempre es para decir, mira. Quiero que leas eso que leí una vez y oigas este disco que oí y que vengas y te quedes y hables o me escuches.

Ayer te mostré todas y cada una de mis fotos porque quería que vieras mi vida de antes. Me vuelve a extrañar profundamente la aparición de los antes y los después. La gente me hace preguntas que ni tú me haces y no veo para qué, si lo importante es que conversamos de espaldas, y volamos en un avión imaginario que nos lleva para atrás, en vez de para adelante. Si lo importante es que te pregunto algo que no me quieres responder, pero me respondes igual, como si te arrepintieras del silencio que te rodea constantemente. Si descubrimos huellas de historias ajenas e imposibles. Si vamos donde siempre y donde nunca y nos encontramos con lo de siempre y nunca. Si hay días y noches en una ciudad trillada que se transforma en otra cosa, calles donde se inscriben pasos nuevos, cambiando la geografía que se asienta sobre capas y capas de recuerdos que reviven para una audiencia nueva.

Te entrego mis libros y sigo repitiendo que nada cambió. Me recuerdas qué se siente extrañar a alguien y no quiero volver a enterarme. Me quedo pensando que voy a extrañarte y que eso es cambiar. En este punto, intentar decidir cuál será la profundidad del surco. Dónde está el daño, a quién le corresponde y si es inevitable. Extrañarte como la demostración de la incapacidad de salir incólume, haya o no historia. Constatar la imposibilidad de salvarse de nada. Entonces ¿cuál es el giro, dónde está el quiebre? Si juré no enredarme en este juego, ¿por qué dejo que horades rincones de mi casa? ¿Cuál es este juego en el que andamos?

lunes, abril 14, 2008

Ignorancia

Foto: Toni Blay.


Hay algo que no termino de entender, una pregunta que no acaba de formularse.
Hay una puerta que no sé si se abre o se cierra y ni siquiera sé si es una puerta.
Al parecer hay algo que quiero, pero no sé si tendría que dejarme quererlo o abandonarlo.
No sé si es mejor que mi vida cambie o que no lo haga.
No sé si es peor que mi vida cambie o que no lo haga.
No sé cuál es el límite del deseo o si tendría que tenerlo.
No sé cómo se hacen las cosas o cómo se vive la vida, ni dónde está la poesía ni qué la mata por siempre.
No sé qué escribir ni cómo.
Yo que siempre confié en las preguntas, ahora no sé ni cuál es la pregunta.
Ni siquiera sé si hay una pregunta.
No sé tampoco si entregarme a la incertidumbre es lo suficientemente dulce.
No sé qué es lo que habría que querer y qué lo que no habría que desear nunca.
No sé qué es dejarse llevar o adónde me lleva algo que no sé qué es hasta el punto en que no sé si existe.
No sé de qué va esto.
No sé predecir el futuro de una forma en que hace mucho no me pasaba.
No sé si tengo que pensar o dejar de hacerlo.
No sé si quiero o no y no sé si lo que tengo que querer o no es una posibilidad.
No sé si hay algo que querer.
No sé si hay que no querer algo y si hay algo que no querer no sé qué es.
No sé si hay una historia a ser comenzada.
No sé si decir que no sé me salva de algo o más bien me condena.
No sé si se puede pensar en términos de no sé o si es por eso, mejor no decir nada.
No sé por qué siento la estúpidamente enorme necesidad de decir esto.